Archivo mensual: octubre 2010

Crónica de la charla ¡¡Masacre en Xoco!!

Adelante.....

José Luis Ortega Torres, cinéfago irredento y colaborador de la Cineteca Nacional desde hace muchas lunas llenas, brindó a los asistentes al Centro de Documentación una sabrosa charla sobre el cine de terror, con motivo de su primer centenario de existencia. De entrada, definió al cine de terror como el que provoca miedo, distinguiéndolo del cine de horror (con el que a menudo se confunde), ya que este último es el que provoca asco o repulsión. Una definición clara y concisa para un género que ha demostrado ser uno de los más exitosos dentro de la historia fílmica mundial.

Pero la mejor idea, la que sirvió como hilo conductor a la plática y permite desmenuzar todo el asunto con la eficacia de la sierra de Leatherface, vendría poco después: el cine de terror es, en esencia, una referencia al mal, sea éste el inherente a cada ser humano, o el que proviene de una fuente sobrenatural. Estas son las dos vertientes principales del género.

Primero, desmenuzemos la cuestión

Asimismo, un elemento primordial de este tipo de películas son los monstruos, los cuales fueron certeramente definidos por el ponente como una manifestación física palpable de una inquietud social (en el caso de los Estados Unidos, desencadenada por el crack económico del 29). Otros de los cimientos del cine de terror son su estética decadentista y su nihilismo, opuesto radicalmente al cine comercial de la época en la que alcanzó su primer auge.

A continuación, se proyectó el corto Frankenstein, producido en 1910 por Tomas Alva Edison. Este fue un momento muy especial, ya que la mayoría de los espectadores pudimos ver por primera vez, surgiendo literalmente de la nada hasta llenar la pantalla, al primer monstruo de la historia del cine. Charles Ogle fue el primero de una lista de ilustrísimos histriones en interpretar una criatura que no debería de estar allí y que siempre es símbolo de algo más profundo.

Un símbolo de nuestro tiempo

De esta manera, si la maldad es el punto fundamental del cine de terror, y si está latente como parte intrínseca de la condición humana, presente en toda teología y en toda religión, no es difícil ver por qué estos filmes —junto con las mitologías que han creado— permean el imaginario de todo el planeta. Necesitamos a los monstruos.

Posteriormente, de la filosofía pasamos a la historia, y así se realizó un recorrido cronológico por las diferentes etapas del cine de terror:

La fase silente europea: Ya en 1914 había aparecido el primer hombre lobo, y en esta etapa se cuentan trabajos tan ilustres como El estudiante de Praga (Stellan Rye y Paul Wegener, Alemania, 1913), El Golem (Paul Wegener y Carl Boese, Alemania, 1920), El gabinete del doctor Caligari (Robert Wiene, Alemania, 1920), La carreta fantasma (Victor Sjöström, Suecia, 1921), y Nosferatu (F.W. Murnau, Alemania, 1922).

Clásico de clásicos

La época de esplendor de la Universal: Durante la década que inició en 1930, estos célebres estudios estadounidenses se dieron a la tarea de producir una serie de filmes que establecieron el primer canon horrorificus, con Drácula, la momia, Frankenstein, el hombre lobo, et al. Además del éxito de taquilla, la estética de estas películas es en conjunto notable, sobre todo en lo tocante a la fotografía, ambientación y tratamiento psicológico de los personajes. Fue tal el auge de las pelis de mostros que para 1940 ya había una total saturación y agotamiento de la fórmula, lo que llevó a una funesta mezcla de criaturas y géneros que encontró su punto más bajo en las vaciladas de los seudocómicos Abbott y Costello (estos sí en verdad más atroces que cualquier aristocrático chupasangre, reliquia egipcia ambulante o licántropo voraz). Después vino la Segunda Guerra Mundial y los horrores verdaderos sustituyeron a los ficticios.

Poe y el imperio al rescate: A mediados de los años cincuenta, el productor estadounidense Roger Corman (1926) comprendió que no era necesario un enorme presupuesto para realizar buenos filmes de terror. Bastaba, como siempre, con un buen guión (muchas veces basado en Edgar Allan Poe) y un renovado sentido del tratamiento del mal (que, como ya vimos, es la verdadera sangre (sin ironía) del cine de terror).

...y su renovación, al estilo Christopher Lee

Por esos mismos años, una compañía productora inglesa llamada Hammer Film Productions tuvo una idea genial: resucitar (sin ironía) a los venerables monstruos de la Universal e insuflarles una nueva dimensión de violencia, erotismo ¡¡y color!! Esto último no es trivial: por primera vez, el rojo escarlata se veía en todo su esplendor (con ironía), como realmente es… y además, el ataque de las criaturas era mostrado a cuadro, sin escamotear el daño ocasionado a la víctima. Todo esto, sumado al gran trabajo de actores como Christopher Lee (el Drácula más cachondo del celuloide) o Peter Cushing, fotógrafos como Freddie Francis o directores como Terence Fisher, renovó el terror fílmico y le dio una serie de nuevos clásicos.

Canes y tripas: En los sesenta, el asunto se volvió mucho más violento, con la aparición de dos célebres escuelas: el cinema mondo italiano, fábrica de falsos documentales (pero de horror muy real, tanto así que todavía hay quien los toma por auténticos) que apelan a la explotación —palabra clave del género a partir de aquí— de lo grotesco y morboso, cuyo representante más conocido es Perro mundo (Gualtiero Jacopetti, 1962), y el cine gore, verdadero parteaguas del cine de terror.

Este subgénero, explicó el ponente, surgió con Blood Feast (Herschell Gordon Lewis, EE.UU., 1963), filme que, en su momento, fue capaz de paralizar de miedo hasta a la parejita más apasionada del autocinema. Obviamente, colocó los cimientos de una nueva época. Ahora, se mostraban de manera explícita situaciones de agresión extrema sobre la persona: el destazamiento del cuerpo sacude al espectador, ya que ultraja lo más íntimo que posee. Sin embargo, al igual que con las cintas de la Universal, el gore sufrió un proceso de saturación (más bien de coagulación), derivando en la producción de un sinfín de largometrajes constituidos por puras carnicerías, ya sin traza de argumento. Esto ha llevado a algunos a comparar el gore con el cine porno (puro acto sin justificación, violentas penetraciones físicas y efusión casi explosiva de fluidos corporales).

1968 no se olvida: Afortunadamente, en ese mítico año de revueltas aparece una película revulsiva, verdadera denuncia social revestida de terror efectivo, puro y duro: La noche de los muertos vivientes (George A. Romero, EE.UU.). Los italianos también aportaron lo suyo: el giallo (“amarillo”), cine de tinte policiaco empapado en sangre, cuyos representantes más ilustres son Mario Bava y Dario Argento. Esta escuela europea se considera una fuerte influencia del cine estadounidense de terror de los setenta.

El monstruo es real: En los años setenta se llevó a cabo otra reelaboración del género, dándole ahora cabida a encarnaciones del mal que son personas reales; psicópatas, pero reales. Asimismo, hay un cambio de enfoque muy interesante: los protagonistas son ahora precisamente esos dementes sanguinarios, y ya no los “héroes” bienhechores que deben exterminarlos. Esa tendencia se acentuaría hasta llegar a su apoteosis en la década siguiente, con…

Otro insigne ícono
Otra época de oro del terror: Los ochenta son los años de Michael Myers, Freddy Krueger, Jason Voorhees, Chucky, Pinhead y banda que los acompaña. En realidad, lo más inquietante de esta nueva oleada de cine de terror es que las masacres que en él ocurren pueden tener como involuntario coprotagonista a cualquiera de nosotros. En palabras del ponente: los vampiros no existen… a menos que vaya uno al Chopo, pero alguien puede no regresar esa noche a su casa si se topa con un asesino serial.

Gritos glam: Para José Luis Ortega Torres, desde fines de los ochenta y durante los noventa se experimentó un cierto declive del género, con el surgimiento de “monstruos glamorosos” cuya manifestación más acabada fueron los vampiritos chic de The Lost Boys (Joel Schumacher, EE.UU. 1987), los cool serial killers de la serie Scream y los metrosexuales hijos de la noche de Entrevista con el vampiro (Neil Jordan, EE.UU., 1994). Como ni Bela Lugosi ni Christopher Lee podían ya darles sus nalgadas a estos malitos exquisitos, tuvo que venir a dárselas…

El Splat Pack: Junto con el siglo XXI llegó una nueva camada de directores de cine de terror que, filmando con mentalidad de auténticos fanáticos del género, no tuvo empacho en mezclar mondo, gore, psicópatas en su jugo, pornotortura y un sinfín de elementos más en fuertes platillos aderezados con suculentas nuevas técnicas de efectos especiales. Estos cineastas contemporáneos (Alexandre Aja, Neil Marshall, Eli Roth, Rob Zombie y varios más) volvieron a darle una valoración a tópicos que parecían estar muy gastados, como la profanación del cuerpo.

Y así, más por falta de tiempo que de ganas, terminó este recorrido por la historia de un cine que jamás dejará de dar satisfacción a sus fieles. Ya de postre, el ponente contestó algunas preguntas del público, como ¿por qué no hay buen cine de terror mexicano? (con sus honrosísimas excepciones, claro está) y tocó algunos temas relacionados con el cine de terror asiático. Finalmente, invitó a los asistentes al ciclo (igual que los invitamos nosotros) que con el mismo nombre que la charla, se exhibirá desde este 29 de octubre en la Cineteca Nacional, y que presentará grandes clásicos, filmes no suficientemente valorados y algunas delirantes joyitas del mad mex.

¡Los esperamos!

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¡¡Masacre en Xoco!!

Presentación de la charla que será impartida por José Luis Ortega Torres este viernes 8 de octubre en el Centro de Documentación de la Cineteca Nacional

Hace cien años, once minutos en pantalla definieron el nacimiento de uno de los géneros que marcarían al todavía incipiente arte de las imágenes en movimiento. Se trataba de una adaptación al Frankenstein literario, producido por Thomas Alva Edison y dirigida por J. Searle Dawley. Estrenada el 18 de marzo de 1910, abría las puertas a futuras imágenes de pesadilla que terminarían anidándose en el inconsciente colectivo de los espectadores, quienes enfrentados a sus más primigenios miedos en la pantalla, como una forma también de exorcizarlos, le dieron legitimidad al cine de terror.

El primer Frankenstein (J. Searle Dawley, 1910) se ve más bien desamparado...

Dentro del cine de miedo se han creado importantes críticas y cuestionamientos a la sociedad y sus momentos históricos. El cine de terror, a diferencia de otros géneros que tienen periodos de altibajos –modas que se imponen a partir de un título de ruptura o renovación– siempre se ha mantenido constante, tanto en producción como en exhibición, inclusive en ganancias (pues es bien sabido que un filme de género siempre es redituable, como lo dejó constatado Roger Corman en su célebre texto sobre cómo produjo cien filmes sin perder jamás un sólo dólar).

Eso nos lleva al punto medular que ha sostenido al cine de terror durante un siglo: un público fiel que, de ser un simple espectador ocasional, con el paso de los años se ha convertido en visor especialista, desarrollado un gusto y conocimiento no sólo por los títulos de las películas clave en la historia de éste género, sino también por los nombres propios de sus autores.

Terror felino del maestro italiano Dario Argento ("El gato de las nueve colas", 1971)

Para muestra basta con revisar los universos personales de los consagrados Raimi, Cronenberg, Argento, Carpenter, Romero, Craven, entre muchos otros; así como la de los emergentes Alexandre Aja, Neil Marshall, Takashi Shimizu o Jaume Balagueró, que pueden o no gustarle al público, pero que es innegable que han venido a sumar al ejército de terrorífilos, nuevas generaciones de fanáticos que no dejarán que el cine de terror se olvide, o peor aún, se convierta en un subproducto de modas perecederas.

Así, celebrando un siglo de pesadillas y placeres (inaugurado con aquel Frankenstein), y que casi ha pasado de noche durante este año, Cineteca Nacional ha organizado un festejo durante cuatro días en el que pagamos tributo a Germán Robles, a H. P. Lovecraft y a un género fílmico vital, con mesas redondas y, por supuesto, proyección en 35 milímetros de clásicos pertenecientes al acervo, para culminar con un maratón cinematográfico, algo inédito en esta institución.

Esta preciosidad se chupa los cerebros de medio elenco en "El barón del terror" (Chano Urueta, 1962)

Desde hace ocho años Cineteca Nacional ha abierto sus puertas al género recibiendo al festival Macabro. No obstante, desde hace 23, cuando en septiembre y octubre de 1987 se proyectó en nuestras salas el ciclo El horror al estilo Gore, no se había realizado un proyecto interno que buscara ofrecer tributo a los monstruos de látex y a la sangre theatrical. El siglo XXI exige cambios, y es tal vez en la víspera de Día de Muertos que éstos deban darse.

Mauricio Matamoros Durán
José Luis Ortega Torres

Cineteca Nacional

Otro ataque del guapo en "El barón del terror"